Las conexiones ya están hechas
Buena parte del trabajo de la primera automatización se va en conectar tus herramientas y entender cómo guardáis la información. Ese trabajo no se repite: el segundo proceso arranca desde una base que ya existe.
Nuestra metodología de implementación garantiza que tu solución esté operativa y generando valor en menos de siete días.
No porque vayamos deprisa, sino porque acotamos el alcance hasta que cabe en una semana.
El error más común en automatización es empezar por un proyecto de tres meses que toca cinco departamentos. Cuando llega el momento de ver resultados, el proceso ya ha cambiado, la persona que lo pidió está en otra cosa y nadie sabe decir si ha servido de algo.
Nosotros trabajamos al revés: elegimos un proceso concreto, lo dejamos funcionando en una semana y lo medimos. Si el resultado está, se pasa al siguiente. Si no está, hemos perdido una semana y no un trimestre.
El proceso inicia con un diagnóstico gratuito para identificar los cuellos de botella y las oportunidades de automatización de tu empresa. Analizamos velocidad, tareas en bucle y trabajos manuales.
Diseñamos la automatización y la sometemos a pruebas rigurosas en un entorno privado para garantizar su funcionamiento óptimo antes de tocar tu operativa.
Implementamos la versión definitiva en tu entorno operativo y la ponemos en marcha para que la automatización genere resultados inmediatos.
Establecemos un seguimiento continuo para supervisar el rendimiento de las automatizaciones y aplicar optimizaciones que aseguren el máximo ROI.
Menos de lo que la gente espera, pero no cero. Estas tres cosas son las que marcan la diferencia entre una automatización que aguanta y una que se rompe el primer día raro.
Nada más. Ni formar a tu equipo en herramientas nuevas, ni cambiar el software que ya usáis, ni parar la operativa mientras montamos.
Antes de montar nada medimos el punto de partida: cuánto tiempo lleva el proceso hoy, cuántas veces se ejecuta al mes y con qué frecuencia hay que corregir algo. Sin ese número inicial, cualquier mejora posterior es una impresión.
Después seguimos tres cosas: el tiempo que el proceso consume ahora, cuántas veces se ejecuta sin intervención humana y cuántas requieren que alguien entre a arreglarlo.
Ese último dato es el importante y el que casi nadie mide. Una automatización que se ejecuta sola el 60 % de las veces y obliga a revisar el resto no está ahorrando tiempo: lo está cambiando de sitio.
Lo normal es que el segundo salga más barato que el primero. Estas son las razones.
Buena parte del trabajo de la primera automatización se va en conectar tus herramientas y entender cómo guardáis la información. Ese trabajo no se repite: el segundo proceso arranca desde una base que ya existe.
La parte lenta del diagnóstico es entender las excepciones: los casos que no siguen la norma y que nadie tiene documentados. Después del primer proyecto ese mapa ya está levantado.
Con el primer proceso medido, decidir el siguiente deja de ser una intuición. Se elige por dónde hay más horas en juego, no por dónde hace más ruido la queja.
No hay obligación de encadenar proyectos. Hay clientes que automatizan una cosa, ven que les sobra con eso y no vuelven hasta el año siguiente. Nos parece bien: si el proceso que te quitaba cuatro horas semanales ya no te las quita, el trabajo está hecho.
Lo que sí desaconsejamos es lo contrario: querer automatizarlo todo de golpe en el primer mes. Cada automatización cambia cómo trabaja tu equipo, y los equipos absorben un cambio a la vez. Ir más rápido de lo que la gente puede asimilar es la forma más segura de que el sistema acabe desconectado.
Es gratuito y sin compromiso. En una sesión detectamos qué puedes automatizar primero.